1º de Mayo: de jornada de lucha a "fiesta del trabajo" (1886-2007)

En los albores del siglo XIX, comenzaron los obreros de Estados Unidos la lucha por la reducción de la jornada de trabajo. Los constructores de edificios fueron los primeros en agitar dicho movimiento, el que alcanzaría su punto más alto de acción y de lucha, en la histórica huelga que realizaron los trabajadores en mayo de 1886.

Los carpinteros de la ribera se habían organizado ya en 1803, mientras que en 1806 lo harían los de la construcción de Nueva York. Estos últimos, junto a los calafateadores de Boston, realizarían en 1832 la primera huelga exigiendo una jornada de diez horas. Si bien ellos no tuvieron éxito en su lucha, sus compañeros de Nueva York y de Filadelfia lograron la reducción horaria. Esto fue quizás el puntapié inicial para que día a día el movimiento obrero se hiciera más conciente y más revolucionario en la conquista de sus derechos.

Todos estos movimientos llevarían a los obreros de casi todo el país a no trabajar más de once horas, cabe destacar que anteriormente nadie trabajaba menos de catorce. Cuando en algunos pocos Estados se promulgó la legalidad de las diez horas, los obreros norteamericanos vieron que podían ir por más e iniciaron las acciones en pos de las ocho horas de trabajo. Pero realmente la sociedad que influyó en forma contundente en la conciencia de los obreros norteamericanos fue la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT). Su acción no se hizo esperar y con su apoyo se declaró en Nueva York una huelga en la que participaron más de cien mil obreros.

En octubre de 1884, el congreso de sindicatos y sociedades obreras federadas de los Estados Unidos y Canadá, que se celebró en Chicago, adoptó la resolución de reducir la jornada laboral a ocho horas desde el 1º de mayo de 1886; donde los capitalistas se resistieran a esa demanda se debía paralizar el trabajo. Infinidad de oradores recorrieron el país en todas las direcciones, para propagar y obrar en sentido de las resoluciones aprobadas.

El movimiento anarquista de Chicago estaba fuertemente desarrollado y tenía a fines de 1885 más de veinte grupos, que nucleaban a unos 3000 miembros y ejercían una influencia importante en todo el movimiento obrero. La A.I.T. era en principio en extremo escéptica ante el movimiento de las ocho horas, pues veía en él un debilitamiento del impulso revolucionario que postergaría el advenimiento de la Revolución Social, que por entonces se creía inminente. Los anarquistas fueron decían que esta conquista debería tomarse sólo como un pago a cuenta y que no debía perderse de vista nunca el verdadero objetivo del movimiento obrero: la completa emancipación del hombre del yugo de la esclavitud del salariado.

Finalmente llegó el tan temido y esperado 1º de mayo. Ese día abandonaron sus herramientas más de 350.000 trabajadores, paralizando casi 12.000 fábricas. Unos 150.000 consiguieron la jornada de ocho horas a la primera batalla. En Chicago, el centro del movimiento, unos 50.000 obreros adhirieron al llamado y abandonaron el trabajo. Sin embargo, la lucha se prolongó ante la intransigencia patronal, adquiriendo matices mucho más radicalizados. Al tercer día, la huelga era ya general.

Una de las fábricas en conflicto era la planta de máquinas segadoras Mc Cormick's, cuyos trabajadores se habían declarado en huelga desde hacía varios meses atrás. Este movimiento derivó en enfrentamientos entre los trabajadores y los Pinkerton, una agencia de detectives que proveía matones armados y espías a la patronal. El choque terminó con el triunfo de los trabajadores, quienes perdieron un compañero aunque pudieron apropiarse de una cantidad importante de armas confiscadas a los rompehuelgas. Pero la patronal no se quedó masticando la derrota por mucho tiempo: el 16 de febrero estalló otra huelga, pero esta vez los capitalistas contrataron a trescientos Pinkerton armados hasta los dientes. El enfrentamiento fue brutal, y los obreros fueron batidos por el accionar de este grupo salvaje y bestial.

El 2 de mayo, la segunda jornada por la lucha de las ocho horas, los obreros despedidos de Mc Cormick's, realizaron un mitin, cuyos oradores fueron Parsons y Schwab.

Al día siguiente habló August Spies ante un mitin de 10.000 personas, no lejos de Mc Cormick's. Mientras hablaba, unos ciento cincuenta hombres se alejaron del acto y se dirigieron resueltamente hacía la fábrica, para incitar a los rompehuelgas a paralizar el trabajo. Poco después se produjo un tiroteo entre éstos y los trabajadores. Algunos minutos más tarde aparecieron varias patrullas policiales, que de inmediato abrieron un fuego asesino contra la multitud, con un saldo de seis obreros muertos y gran cantidad de heridos.

A la tarde tuvo lugar el mitin en el Haymarket, donde también dirigieron su palabra a los trabajadores Parsons y Fielden. La manifestación tenía un carácter totalmente pacífico. Pero cuando habían pasado apenas diez minutos de que el alcalde abandonara el lugar, el cielo de Haymarket se cubrió de negras nubes que presagiaban tormenta, lo que hizo que la mayoría de los asistentes al mitin se retirasen quedando sólo unos trescientos trabajadores. Fue entonces cuando el capitán Ward, al mando de un pelotón de ciento setenta policías, exigió la disolución inmediata de los manifestantes. Se le contestó que era "un simple mitin pacífico". El capitán se dirigió entonces a su jauría y, levantando su bastón, ordenó la represión. En ese instante cruzó el espacio un cuerpo luminoso que cayó entre las primeras filas policiales, produciendo un estruendo aterrador. Tras la violenta explosión reinó el caos entre las hordas policíacas; una vez disipada la enorme nube de fuego y polvo, los aturdidos agentes comprobaron que esta vez no iban a poder matar impunemente; esparcidos por el suelo, yacían los cuerpos de más de sesenta policías heridos y el cadáver del agente Deagan.

Pero la reacción no se hizo esperar. Una descarga cerrada de fuego y plomo se abatió sobre las filas obreras. Muchos trabajadores perecieron o quedaron mal heridos en las calles de Chicago. Se allanaron centenares de domicilios proletarios, arrancando a los obreros de sus hogares sin necesidad de causa justificada.

Los oradores de Haymarket, a excepción de Parsons, que luego se entregó, fueron detenidos. La prensa capitalista no cesó de gritar a través de sus páginas: "¡Crucificadlos!". Nadie supo quién había arrojado la bomba; pero rápidamente, el 17 de mayo de 1886 se ocupó del caso el gran tribunal de jurados y aprobó la acusación contra los anarquistas August Spies, Michael Schwab, Samuel Fielden, Albert Parsons, Adolf Fischer, George Engel, Louis Lingg, Oskar Neebe, extendiéndola a Rudolf Schnaubelt y William Seliger. El Estado pronto llevaría a la horca a Spies, Parsons, Fischer y Engels, ya que Lingg se suicidaría en su celda con un cartucho de dinamita. Schwab y Fielden fueron condenados a cadena perpetua, y Neebe a quince años de prisión.

No sería extraño que un trabajador anónimo hubiera arrojado la bomba contra esa caterva de policías, que ya había ametrallado y se disponía ametrallar otra vez a los obreros que se rebelaban ante la ignominia de la explotación burguesa. La razón que les asistía y les asiste a los trabajadores, no vale nada para los capitalistas; por lo tanto la consecuencia natural es el derecho a la defensa propia. La burguesía se afirmó siempre en la "ley darwiniana" del más fuerte; pero cuando la aplican los de abajo, estos explotadores se espantan de horror ante el estallido de la violencia vindicadora.

En los años siguientes se luchó valientemente; la huelga general ganó las voluntades obreras y en cada 1º de Mayo se desataron verdaderas rebeldías populares. Los trabajadores de todo el mundo respondieron así al reto de Chicago. Durante este período heroico, las ideas de emancipación social echaron firmes raíces en todos los pueblos de la tierra.

El domingo 14 de julio de 1889 los marxistas realizaron un Congreso Internacional en Paris, que puso en marcha la Segunda Internacional y que resolvió organizar: "una gran manifestación internacional con fecha fija de manera que, en todos los países y ciudades a la vez, el mismo día convenido, los trabajadores intimen a los poderes públicos a reducir legalmente a ocho horas la jornada de trabajo". La fecha elegida fue el 1º de Mayo de 1890.

En la región Argentina, los marxistas locales organizaron un acto para el 1º de mayo de 1890, donde plantearon por primera vez la transformación de ese día universal de lucha en un día de fiesta. Su manifiesto declaraba claramente: "¡Trabajadores! Compañeras, compañeros: ¡Salud! ¡Viva el primero de mayo: día de fiesta obrera universal!". Luego serían de los primeros en pedir al estado leyes protectoras para la clase obrera, dirigiéndose al presidente Carlos Pellegrini con estas palabras: "Todavía el pueblo trabajador cree posible que V.E. al fin (...) protegerá al trabajo y atacará el capital... ¡Oh! ¡Siguiendo este camino V.E. será el salvador de este país, el Washington argentino! Sería en la historia más que San Martín...Dios guarde a V.E.".

El 1º de Mayo de 1891 los anarquistas decidieron darle a esta fecha un sentido antipolítico y revolucionario, convocando a una huelga general. Ante esta decisión, los socialistas autoritarios en la memoria que enviaran a la 2ª Internacional, se quejaron ante sus superiores diciendo que la: "...manifestación pública que habíamos proyectado para el 1º de mayo de este año, fracasó por la tonta habladuría de los anarquistas, que proclamaron una huelga general, el saqueo de almacenes y la revolución social.". Y vuelven a pedir que el estado argentino los atienda en una carta que decía: "Por tanto: volvemos hoy día a suplicar a Vuestras Honorabilidades que se dignen tomar en consideración nuestra petición [...], porque así lo reclama no solamente el interés del proletariado, sino el interés inmediato de la Nación y su Progreso, la prosperidad nacional sobre todo...". Esta ignominiosa carta fue publicada, nada menos que ese mismo 1º de Mayo de 1891, en la primera página de su periódico El Obrero. Curiosa manera de recordar a los Mártires de Chicago.

De esta batalla ideológica entre el movimiento obrero libertario contra los métodos sostenidos por las organizaciones que proponían la participación política de los obreros para conquistar su emancipación, se destacan las palabras del obrero ebanista Inglan Lafarga, quien publicó en el periódico "La Protesta Humana" de octubre de 1897: "Creyeron algún tiempo los obreros que por medio del sufragio, obtenido el poder, podrían adquirir mayor bienestar, y formaron grandes partidos demócratas socialistas y republicanos, llevaron representantes a los parlamentos, y no por eso su situación mejoró un ápice; y así siguieron hasta que, viéndose engañados por vanas promesas y ridículas farsas de sus representantes, se decidieron algunas sociedades (...) a adquirir aquel mejoramiento por su propio esfuerzo, formando agrupaciones dispuestas a desplegar todas sus energías para el logro de sus fines fuera del terreno político, (...) preconizando como final de esta lucha del trabajo contra el capital la huelga universal, a la que quizás ya se habría llegado si el maldito afán de politiquear, saturado esta vez de cierto perfume obrero, no se hubiera interpuesto...".

En el Congreso constitutivo de la Federación Obrera Argentina (luego FORA), de orientación anarquista, celebrado el 25 de mayo de 1901, se aprobó la moción de que el 1º de Mayo sea un día de abandono general del trabajo, de protesta contra la explotación y de afirmación solemne de las reivindicaciones del proletariado. Son votados también el boicot y el sabotaje, como métodos de lucha.

Los actos del 1º de mayo seguirán siendo violentamente reprimidos. Entre estos ataques a la manifestación obrera en Argentina destaca el llevado adelante por el coronel Ramón Falcón, en 1909, que provocó la muerte de 8 obreros y ciento cinco heridos. Unos meses después el anarquista Simón Radowitzky vengaría esta masacre en la persona de Falcón.

Fue Hipólito Yrigoyen el primero en cumplir con los anhelos y deseos marxistas, estableciendo la celebración del 1º de Mayo como "Fiesta del Trabajo" en todo el territorio nacional, el 28 de abril de 1930.

Con el golpe de estado de Uriburu la FORA es arrastrada a la ilegalidad. Los sindicalistas "neutros", los marxistas y algunos gremios autónomos se fusionan y dan nacimiento a la actual Confederación General del Trabajo -CGT- que se dirigía al dictador en estos términos: "La CGT, órgano representativo de las fuerzas sanas del país, conocedora de la obra de renovación administrativa del gobierno provisional y dispuesta a apoyarla... (está) convencida (...) de que el gobierno provisional no mantiene en vigencia la ley marcial sino para asegurar la tranquilidad pública y para hacer respetar el prestigio y la autoridad del gobierno...". Agrava este apoyo incondicional, el necesario conocimiento que la CGT tenía de la furia represiva desatada en el país a partir del 6 de septiembre de 1930 sobre todo lo que oliera o tuviera sabor a libertad, y en especial contra los obreros anarquistas y sus organizaciones.

El último 1º de mayo en que los trabajadores conmemoraron la fecha con la realización de una huelga fue el de 1943, un mes antes del golpe de Estado que entronizó en el poder al general Edelmiro J. Farrel y al entonces coronel Juan Domingo Perón.

Este último, desde el cargo de Secretario de Trabajo y Previsión, fue quien finalmente cumplió con las aspiraciones de los discípulos de Marx., a través de un decreto refrendado por el dictador Farrel, que consagraba: "por tradición universal el 1º de Mayo como día de descanso al trabajo" y declarando a esta fecha "Día de Fiesta en toda la República...".

Ese día ambos miembros de la dictadura hablaron desde el Concejo Deliberante, en un discurso que fue transmitido por radio a todo el país. Allí se resaltaba el "carácter argentino" del movimiento obrero y el repudio por las "ideologías extranjerizantes" que debían "erradicarse definitivamente del país". De esta manera el naciente peronismo, un movimiento corporativo fascista, sepultaría las tradiciones revolucionarias del movimiento obrero de la región Argentina.

La Iglesia Católica en 1954, consciente de la importancia que tenía para la burguesía esta devaluación del significado revolucionario de aquella fecha, apoyó a nivel mundial el carácter festivo de la jornada, declarando al 1º de Mayo "Día de San José Obrero".

Tras el golpe del ‘55, la "Revolución Libertadora" consideró oportuno mantener la fecha como feriado -no querría correr el riesgo de volver a convertirlo en una jornada de protesta-, y refrendó la medida de Farell y Perón mediante un decreto-ley del año 1956. Así se mantuvo el feriado en la legislación argentina, hasta que la dictadura militar de Videla lo incluyó con los días no laborales mencionados en el decreto-ley Nº 21.329, del 9 de junio de 1976 y que sigue vigente hasta el día de la fecha.

Hoy, en los inicios del siglo XXI, se encuentran como siempre los luchadores obreros en la calle, que es el único parlamento que reconocen, denunciando una vez más a los "falsos profetas" del pueblo trabajador. El discurso de estos grupos de izquierda y de derecha -que levantan consignas como"trabajo digno para todos"- parece aceptar la organización social vigente, ocultando que todo trabajo dentro del capitalismo se basa siempre en la explotación. Es preciso ir más allá, porque no se puede combatir la lógica de la dominación exigiendo su generalización.

Como una cruel paradoja, hoy en los Estados Unidos, el 1º de Mayo se celebra el "Día de la Ley", la misma ley que envió al cadalso a los Mártires de Chicago. No es casual entonces que, en 2006, fueran nuevamente los inmigrantes quienes presentaran batalla al brutal rostro del capitalismo. El 1º de Mayo de ese año volvió a ser fijado como día de lucha contra el gobierno, que los criminaliza sólo por no ser ciudadanos norteamericanos.

El 11 de noviembre de 1887 se consumó la ejecución de los Mártires de Chicago. La burguesía descansó tranquila esa noche. Cuatro hombres ahorcados, un suicida y tres ciudadanos en presidio habían satisfecho su odio brutal y su sed de venganza. Con este crimen quisieron aniquilar a la Anarquía. La rehabilitación legal de 1893, era innecesaria. El pueblo, sumariamente, ya había sentenciado.

Cuando llegó el momento fatal para los condenados, Fischer entonó "la Marsellesa" y sus compañeros se le unieron en el canto, que resonó con vibrante eco en las calles de Chicago y en los corazones de los trabajadores.

Guión e investigación: "Visceral"- Rescate histórico (BA)

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