Humor no apto para patológicos
Me levanté por la mañana, salí al balcón y miré al cielo: "¡Es un día peronista!", pensé. El sol entraba por la ventana de mi habitación acariciando con sus rayos los viejos trastos de mi fisonomía. Preparé mi desayuno, lo consumí lentamente, lo disfruté y me fui a caminar por las inmediaciones de la bella Buenos Aires: ¿La Perla del Plata?.
Entré a un café, estaba más solo que Sofovich en la Liga Patriótica, pues todos se debatían en una batalla campal por una mesa en la vereda. Se insultaban, se piqueteaban los ojos, hasta que uno sacó una pistola, vació el cargador contra la muchedumbre y no le pegó a nadie. ¡Qué barbaridad!. Por lo menos doce tiros y no se llevó puesto a ninguno.
Desesperado por comprender la escena, salí como un misil israelí a ver lo que pasaba. Uno de los fumadores discriminados me reconoció y me dijo: "¡Casimiro, Casimiro, debe denunciar esto en El Libertario! ¡Es una vergüenza!", me decía mientras le partía una silla en la espalda al mozo. "¡A usted le parece... cuatro pesos un café, cuatro pesos un café. Esto es un robo. Esto es un robo a la dignidad del trabajador. ¿Qué se piensan, que somos turistas? Denúncielo. ¡Denúncielo!". Gritaba como un histérico. Lo miré a los ojos, no sin ganas de romperle la mesa en la espalda, me contuve y me dije: "No, Casimiro, hoy es un día peronista".
Seguí caminando, el sol me acompañaba por las calles del centro, llegué a la calle Gral. Cangallo, y mirando otros bares observé que la gresca era "General". Uno de los combatientes, que también me reconoció, me dijo: "Casimiro. Esto es una vergüenza". "Si, ya sé". Le contesté. "¡Cuatro pesos un café es un robo!". Le dije con un aire de ironía. "¿¡Cómo!? ¿Cuatro pesos un café?. Ah, no... esto no lo sabía. Es un bochorno". Sacó un lanzamisiles portátil y al grito de "del sindicato a la cárcel y de la cárcel al sindicato" voló por los aires el local. Salí corriendo del lugar como un Testigo de Jehová con fiebre delante de un hospital, y me refugié en mis aposentos. Encendí el televisor y comencé a mirar las noticias del día.
Era 17 de octubre, trasladaban los restos de Perón hacia la quinta de San Vicente. Observando la liturgia peronista me agarraron ganas de ir a ver lo que pasaba. Salí volando de mi casa como un tech o de ch apa en un tornado y llegué a la quinta en medio de un tiroteo infernal. "¡Casimiro, Casimiro!. ¡Esto es una vergüenza!. ¡A usted le parece! ¡Cómo van a h acer esto en medio de un homenaje al General!", me gritaba un muchacho en medio de la gresca mientras sacaba una pistola nueve milímetros y comenzaba a los tiros.
Uno imaginaba que dentro de la quinta estaba lleno de policías que iban a repartir palazos y balas de goma para sumarse a los festejos, pero no. Si había una docena eran muchos. Luego vinieron refuerzos y brutalmente le daban palmaditas en la espalda a los que desde afuera tiraban piedras y palos a los que desde adentro tiraban piedras y palos. "¡Esto es el acabóse!", gritaba un señor sesentón mientras observaba los disturbios. "Sí, es cierto, esto es impensado", le dije. "Por fin alguien que se da cuenta de la gravedad de lo que está sucediendo", pensé. "¡Sí, es impensado!. ¡A dónde quedaron los viejos tiempos de Ezeiza! ¡Sólo una pistolita tirando tiros a una pared! ¡Esto es el acabóse!".
Mi compañero generacional salió indignado de la quinta, se fue mirando el cielo mientras pegaba patadas al piso al grito de "¡Para el enemigo ni justicia!" y desapareció de mi vista. Lo miré azorado, me di vuelta, y me fui chiflando bajito para mi casa. "Y sí, hoy es un día peronista", pensé.
Salute.
por Casimiro Mirabeau
Para ver el resto de la publicación El Libertario - Nro 64 - Otoño 2007, aquí

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