La unión hace la fuerza

Una mira al cielo y lo ve celeste; como en los viejos tiempos de la niñez. Celeste, apenas moteado con unos albas copos conformados por las nubes. Los recuerdos de la niñez, vagos, difusos, invaden la mente. La memoria, esa guardiana de la verdad, trae al presente esas épocas de figuritas con brillitos, para las mujeres, o de chapa, para los varones. Los largos juegos de escondida y de bolita, en los cuales las tardes se volvían elásticas, pican y repican en el recuerdo. ¡Qué épocas! ¡Qué felicidad!

La unión hace la fuerza. Rey

Claro, éramos niños, inocentes, ingenuos. Eramos los únicos privilegiados, éramos el futuro. Era la época en que todavía retumbaba en los oídos de los trabajadores aquella frase de Perón: "En el 2000 nos encontraremos unidos ... o dominados".

Esta máxima, en realidad, carece de ideología; no es ni más ni menos que una paráfrasis del dicho popular "la unión hace la fuerza". Como tantos íconos plagiados por el General, esta frase encierra el secreto de los oprimidos. Es ese misterio de los cuentos de hadas, en el cual la clave de la sabiduría se encuentra en algún libro mágico escondido en una cueva custodiada por el dragón, oscura, impenetrable, lejos del pueblo. Así, el pueblo, en realidad gran parte de él, se mantiene alejado del libro mágico. Imagina qué es lo que contiene ese libro, discute, se pelea, se divide. Aparecen caballeros medievales dispuestos a destruir al dragón. Lo combaten, muchas veces sin éxito, dejando su vida en los colmillos del custodio.

La unión hace la fuerza. Todos lo dicen, pero pocos lo hacen. La unión hace la fuerza. Todos se estremecen al escucharlo, pero pocos quedan conformes tras la efímera unión. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué nos pasa? Parecería que el dragón está apoyado por una hechicera que lanzó sus maldiciones sobre el pueblo. Parecería que el rey, tras sus murallas, reboza de salud y tranquilidad. Pero el rey está enfermo, decadente. Su reino se cae a pedazos, su castillo se derrumba, su corte le da la espalda, pero el pueblo todavía confía en él.

El rey nos oprime, se burla de nosotros lanzando mendrugos de pan mientras saborea los más exquisitos manjares; y el pueblo le agradece. Pan y circo, asado y televisión. La unión hace la fuerza. ¿Es que no tenemos futuro? ¿Todo es hoy? El rey lanzó a sus bufones y juglares para hacemos creer que había llegado el fin de la historia, y el pueblo, feliz, salió a repetir como un coro griego que ese fin había llegado. La unión hace la fuerza. ¿La unión de quién? ¿De quiénes? ¿Con quiénes? ¿En qué lugar? ¿Para qué?

Preguntas, más preguntas, pocas respuestas. ¡Queremos una sociedad de libres e iguales! ¿Quién va a estar en desacuerdo con tan elevado ideal? Nadie, ni siquiera los que buscan lo contrario se animarían a decir que eso es una farsa. Pero el pueblo, ingenuo, todavía cree en las palabras. Quizás por eso, aun cuando es claramente manifiesto que el objetivo del bufón es lo contrario de lo que dice, el pueblo confía, lo aplaude.

Cada saltimbanqui de turno nos ofrece su espectáculo cuidadosamente pergeñado, cada uno de estos apóstatas devenidos en esbirros del rey nos convencen de que la felicidad se obtiene sin que nos deba importar el destino de los demás. Nos convierten en objetos, nos cosifican, el otro pasa a ser un obstáculo para nuestros fines, y nuestras espaldas se convierten en el único objetivo a defender.

Ya no hay espaldas ajenas, solo existe nuestra espalda. Solo uno, el individuo sin colectivo. De la hormiga, carente de voluntad, pasamos a ser buitres que se picotean entre sí para ver quien se lleva el trozo de carne más suculento; pero seguimos protegiendo al rey. Triste es el destino de un pueblo que ve al igual como a un superior. Triste es ver que los mismos que construyen las murallas del rey son los que después se quejan de que los tesoros se encuentran detrás de la muralla.

Destruyamos el pasado, para poder cambiar el futuro. Para ello debemos cambiar el presente. Este presente de miseria y disvalores; este presente sofocante, angustiante y caótico.

Nos gritan "¡anarquistas!", como si fuera una peste medieval. Nos declararon los promotores del caos, como si viviéramos en un mundo de armonía. Sí, somos anarquistas; pero no somos el pus de su putrefacta creación; somos la sangre que mantiene viva la esperanza. Somos el fuego, que puede devastar su bosque, pero también puede mantener calientes los huesos de esta civilización senil, renovándola, revolucionándola.

Construyamos un futuro mejor. Si no será para nosotros, pues que sea para nuestros hijos, nietos o cualquiera de las generaciones venideras. Construyamos vida, amor, esperanza; pero pongamos mucho cuidado al elegir con qué materiales realizaremos nuestra gran obra.

Con ladrillos corrompidos no se pueden construir fortalezas; solo podremos construir chozas miserables incapaces de resistir el inexorable paso del tiempo y, una vez que estas sean meros escombros, solo podremos reconstruir las miserables taperas que nuestra propia impericia nos condicione a levantar.

Busquemos rocas y hierro que, con el temple que caracterizó a los compañeros del pasado, sabremos construir nuestras propias murallas para mantener alejados los males del presente. Busquemos rocas y hierro que, una vez que esta infame farsa no encuentre un suelo fértil donde volver a depositar sus semillas, usaremos nuestros miserables ranchos como cimiento para levantar la comunidad de libres, iguales y hermanos que tanto soñamos.

La unión hace la fuerza. Nuestros sueños algún día serán realidad.

texto por Victoria Prieto ilustracion por PG

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